1337. Viernes, 30 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo séptimo: “Las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. No conozco ningún otro criterio. (Anton Chéjov,1860-1904; escritor ruso)

En la China se excitan con los pies pequeños, en África con las nalgas y en Japón con las nucas. Sin embargo, y por estas haciendas del muy civilizado occidente, el primer lugar de las encuestas dedicadas a conocer los gustos de los varones heteros lo ocupan los pechos femeninos. Incluso Freud, tan preocupado el hombre por estas cosas, lo situó en lo más alto de su clasificación.

¿Razones? Pues existen tantas como pensadores se han dedicado a teorizar con el asunto. Sin embargo no deja de tener su aquel –poesía incluida- aquella que explica que los pechos femeninos han ido evolucionando hasta convertirse en un precioso balcón que cumple con la misma función de atracción que el trasero de un baduino hembra. Los defensores de la teoría, encabezados por el psicólogo Michael Perry, afirman rotundos: “a diferencia de los monos, una mujer camina erguida, por lo que necesita tener sus atributos de frente”.

Servidor, como es obvio, nada tiene que opinar en tan maleable tema. Ni ganas. Hasta el lunes pues.

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1336. Jueves, 29 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo sexto: “Describe un círculo, después acarícialo y se convertirá en un círculo vicioso". (Eugène Ionesco,1909 -1994; dramaturgo y escritor rumano)

Aunque ahora la cosa ya ha quedado como una simple representación dentro de algunas de sus danzas ceremoniales, no hace tanto que, cuando las mujeres guajiras de Colombia querían invitar a alguien a mantener un encuentro sexual con ellas, zancadilleaban al afortunado todas las veces que hiciera falta hasta conseguir su propósito.

El método no podía ser más explicito, sin duda, pero me estoy imaginando la cantidad de veces que se estamparía contra el suelo el figura del pueblo y me da una pena... buffff.

... mejor antes que después

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1335. Miércoles, 28 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo quinto: "Cuando apuntas con el dedo, recuerda que otros tres dedos te señalan a ti" (Proverbio inglés)

Dicen las enciclopedias que los escitas, un antiguo pueblo indoeuropeo originario de las estepas del norte del mar Caspio, avanzaron hacia Europa del este hacia el 700 a. C., llevando consigo el uso del cánnabis (cáñamo), que utilizaban como tela, pero, sobre todo, para prepararse unos particulares baños, -las famosas “saunas de cánnabis”- de los que Herodoto cuenta: “...los escitas toman la simiente del cáñamo, se meten debajo de las mantas, y entonces tiran la simiente sobre las piedras calentadas al rojo vivo, y la simiente exhala un perfume y produce tanto vapor que ningún brasero griego podría superar tal cantidad de humo: los escitas aúllan encantados en su baño de vapor”.

Con semejante material de viaje es normal que los cronistas describieran a los escitas como “hombres gordos, pesados y bienhumorados, siempre muy alegres, amantes de los brindis, del baile y de la música, con bastante más tendencia a la diversión que al trabajo, algo que evitan siempre que pueden”.

Pocas cosas eran las que se tomaban en serio. En cierta ocasión, reinando Darío, estaba el ejército persa alineado en correcta formación de ataque frente a unas bandas de escitas agrupados con muy poca formalidad, vociferando y contando chistes, como solían hacer antes del combate. El choque de los dos ejércitos era inminente. Inesperadamente, apareció una liebre corriendo entre las dos formaciones, tal vez asustada por los clarines que alertaban para el combate. Un jinete escita echó a galopar tras ella, ¿quién podía resistir la provocación? Otros lo imitaron enseguida, y muchos más después. A los pocos minutos el ejercito de aquellos impenitentes cazadores desapareció en el horizonte tras la liebre. La tropa de Darío quedó desairadísima, frente a nada, indignados los guerreros con aquellos insensatos que abandonaban algo tan respetable como la guerra sólo para divertirse. Aunque los escitas tenían un motivo de sobra para hacer lo que hicieron; una guerra se encuentra en cualquier momento, pero no siempre le salta a uno una liebre en las narices.

¿Y qué fue de aquellos tipos tan simpáticos, con un sentido del humor tan lúdico y civilizado de la existencia? Pues lo normal en gente así: desaparecieron. Mientras civilizaciones mucho más aburridas llevan tropecientosmil años dando guerra, de los escitas, en cambio, no se volvió a tener noticias después del año 100 a.C.

Siempre se van los mejores.

... 40 granos por taza

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1334. Martes, 27 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo cuarto: “Sean menos curiosos con las personas y más curiosos con sus ideas.” (Marie Curie, 1867-1934, científica polaca)

Con el paso del tiempo los esclavos nos convertimos en siervos y después, por aquello de las florituras del lenguaje politicamente correcto, en empleados.

Los empleados hacemos las mismas cosas que hacían los esclavos, pero se nos ha cambiado el nombre, brillante ejercicio éste de dignificación por el apelativo, que se sigue practicando. Nadie dice ya te vendo esta finca doscientos esclavos, que era un atentado a la dignidad del hombre, sino te vendo esta empresa con trescientos empleados, lo que suena completamente distinto aunque venga a ser lo mismo.

La barrera entre la esclavitud y la servidumbre es inestimable, ambigua y evanescente.

... Greta

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1333. Lunes, 26 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo tercero: “El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento." (Erasmo de Rótterdam, 1466-1536; humanista holandés)

La señora, más pintada que una puerta, que veinte años atrás podía haber sido una barbie pero que ahora era la mala copia de una chochona de feria, me estaba sujetando la puerta del ascensor. Me dio tiempo a entrar a mi y a una parejita joven que venía detrás. Después de que cada uno recitáramos el piso al que íbamos, la chica joven empezó una conversación con la señora más pintada que una puerta. Mientras hablaba con ella, la chica joven expelió un silencioso pedo cuyo apestoso olor fue extendiéndose irremediablemente por aquel espacio tan reducido. La chica joven seguía hablando como si tal cosa mientras el chico que iba con ella daba claras muestras de nerviosismo. El muchacho era inocente de todo, pero ni su olfato ni su mente estaban ajenos al proceso que allí se fraguaba. Pensaba “todos van a creer que he sido yo”. Su mirada, angustiada por la magnitud del cuesco, le hacía ser el principal sospechoso. Mientras la chica seguía hablando, el olor fue extendiéndose a la misma velocidad que el rubor en la cara del muchacho. La señora más pintada que una puerta no pudo aguantar más y después de lanzar miradas asesinas al chico, se bajó refunfuñando un piso antes. La chica joven empezó a protestar: “Si no te hubieras puesto colorado, no se habría dado cuenta".

Hoy, salvo que estés bajo la sábana de la cama tu solo, todo el mundo lo ve raro, pero hubo épocas que tirarse pedos no era tan obvio no hacerlo, hasta el punto que el pobre Claudio, el emperador listo con pinta de tonto, tuvo que promulgar un edicto, el “Flatum crepitumque ventris in convivio mettendis” para organizar todo aquello un poco y normalizar, por ejemplo, cómo se debían expeler las ventosidades durante las comidas.

Y es que el pedo es poca cosa. Y su mal olor menos. Uno corriente está compuesto por un 59 por ciento de nitrógeno, un 21 por ciento de hidrógeno, un 9 por ciento de dióxido de carbono, un 7 por ciento de metano y un 4 por ciento de oxigeno. Nada fuera de lo normal. Además, sólo el uno por ciento de su composición –el sulfuro de hidrógeno- causa el mal olor. Un mal olor que, por cierto, ya hay calzoncillos, los "Under Ease", que gracias a llevar incorporado un filtro de carbón activado reemplazable en sus capas superpuestas (el mismo método que usan las jarras de filtrado de agua) lo eliminan completamente antes de que se pueda extender más de lo necesario.

Los pedos se expelen a una velocidad de tres metros por segundo y cada persona, todas las personas -incluida la chochona pinturrujeada como una puerta-, produce aproximadamente medio litro de pedos al día a una temperatura de 37 grados centígrados. Y tan inflamables como los de los demás que de eso ya se encargan el hidrógeno y el metano.

De todo esto, que daría para el infinito y más allá, conviene quedarse con un consejo, tan viejo como útil: disimular siempre. Nada mejor que una buena tos a tiempo.

... galletas

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1332. Viernes, 23 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo segundo: “No hay nada más peligroso que una persona aburrida” (Raquel Hernández, 45 años, cajera)

Decía un señor latino muy sabio, muy listo y muy principal en su época, de nombre Plinio el Viejo, que si el miembro femenino de la pareja bostezaba durante el coito no sólo impediría la fecundación, sino que, incluso, podía llegar a causar la muerte del miembro masculino que estuviera participando en la faena.

Visto el elevado número de viudas en comparación con el de viudos es fácil concluir que, al menos haciendo ciertas cosas, las mujeres se aburren mucho más que los hombres.

Digo que habría que esmerarse un poco más. Por si acaso. Hasta el lunes.

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1331. Jueves, 22 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo primero: "Si alguno os quiere robar la esposa, la mejor forma de vengaros de él es dejar que se la lleve" (Sacha Guitry, 1885-1957; director, actor y guionista ruso)

En 1757 el soldado Robert Francois Damiens se abalanzó sobre el Rey Luis XV de Francia cuando subía a su carruaje con la intención de asesinarle.

No lo mató porque su navaja estaba desafilada.

La pena por el intento de asesinato fue un baño en cera hirviendo y azufre, pinzas candentes por todo su cuerpo y un paseo con desmembramiento incluido a cargo de seis caballos.

Mira que hay gente rencorosa y vengativa. Buahhhhh.

... nubes de algodón

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1330. Miércoles, 21 enero, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo trigésimo: "Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los situados en los lugares más altos son los más inútiles." (Paul Masson, 1846-1896; periodista francés)

Hay quien sostiene que la culpa de la caída del imperio romano la tuvo el vino. Aunque no exactamente el vino, sino los recipientes donde los romanos acostumbraban a guardarlo, un ánfora de barro cuyas paredes interiores estaban recubiertas de plomo que, inexorablemente, acababan pasando a la bebida. El plomo, muy tóxico, se acumula en la sangre, el corazón, los riñones y los huesos y acaba produciendo saturnismo, enfermedad entre cuyas manifestaciones se encuentra la irritabilidad, la pérdida de memoria y la hiperactividad con tendencia a la agresividad.

Dado que emperadores como Nerón o Calígula eran grandes aficionados al vino, hay quien sostiene que su destructivo comportamiento estaba influido por el saturnismo crónico. Vamos, que el Imperio se habría ido a pique por la afición de los emperadores a abusar del zumo de uva fermentado. Claro que, puestos a encontrar un responsable, también deberíamos apuntar a toda la ciudadanía del Imperio. Si tenemos en cuenta que el consumo de vino entre los habitantes de Roma era de entre uno y cuatro litros por persona y día –esclavos incluidos- el saturnismo debía de estar tan extendido entre ellos como la costumbre que tienen los funcionarios de ir a desayunar tres veces cada mañana.

Claro que no va uno a comparar la solidez de un imperio por muy romano que sea, con la de un puesto de funcionario. Sería de tontos.

... ser la pera

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