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1892. Martes, 4 octubre, 2011

Capítulo Milésimo octingentésimo nonagésimo segundo: “El matrimonio acaba muchas locuras cortas con una larga estupidez". (Friedrich Wilhelm Nietzsche, 1844 -1900; filósofo alemán)

Sí, se habla mucho del cambio climático, de la violencia doméstica, del enorme paro, de los fraudes bancarios, de los negocios sucios, de las subidas de precios, de los bajos sueldos, de lo difícil que es comprar un piso.. y hasta de algo o (alguien) a quien llaman crisis… ¿Pero quién puede negar que estamos en la España de la víspera de la boda de la Duquesa de Alba y que mañana mismo, !ma-ña-na! llegará el esperadísimo día de su flamante boda?

Aunque ya sé (por el twitter ese) que el rey ha renunciado gustosamente al derecho de pernada, no ha bajado ni un ápice mi expectación y aquí sigo, esperando con increíble curiosidad (y mordiéndome ya hasta lo muñones) que salgan ya los fascículos coleccionables a todo color que expliquen los más íntimos detalles más íntimos de tan egregio, flamante y aparatoso día.

Y, ¡por supuesto!, de su tan imperecedera -como imborrable- (sobreadjetivización, mucha sobreadjetivización, que el evento lo merece) noche de bodas.



... Hipócrates

Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

1267. Martes, 7 octubre, 2008

Capítulo Milésimo ducentésimo sexagésimo séptimo: “El novio. A los veinte: que venga, que tenga y que convenga. A los treinta: que venga y que tenga. A los cuarenta: que venga, que venga y que venga”. (Refrán español)

El estudio realizado por cuatro universidades británicas y publicado hace algunos meses en el The Sunday Times lo deja bien claro. Según los resultados de la investigación, las mujeres con un cociente de inteligencia elevado tienen más dificultades para casarse. En cambio, en el caso de los hombres ocurre lo contrario. Para ellos, la posibilidad de contraer matrimonio crece un 35 por ciento por cada aumento de 16 puntos en el cociente intelectual. A las mujeres más listas, en cambio, esos 16 puntos de más les suponen un 40 por ciento en contra a la hora de pasar por el altar.

A estos resultados llegaron los investigadores de las universidades de Edimburgo, Aberdeen, Bristol y Glasgow, tras un seguimiento de la vida de más de mil personas. En sus conclusiones también explican las posibles causas. Por un lado, las mujeres a punto de cumplir los cuarenta, con una carrera profesional y una buena situación económica, encuentras que los hombres poco listos no son interesantes. Por otro, las cifras son claras: un hombre con alto cociente intelectual casi siempre preferirá una esposa estilo tradicional; que se ocupe de su hogar y que, en definitiva, no le plantee problemas.

Y que tengan que venir de fuera para descubrir que las que no se casan son más listas.¡Ya nos vale... cómo sino lo supiéramos de sobra!

... el peso del alma

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1239. Martes, 26 agosto, 2008

Capítulo Milésimo ducentésimo trigésimo noveno: ¿Y cómo confiesan los curas sordos? (Emilio G., 10 años, estudiante de catequesis)

En cualquier boda suelen poner una comida asquerosa; el "salpicón de mariscos" no es más que lechuga con una salsa color crema de limpiar zapatos, la "ternera a la crema de pimienta negra" es algo semejante a lo que deja un perro con diarrea y las "patatas redondas vaporizadas" parecen cucarachas albinas a las que le han quitado las patas. Aún así, todo lo anterior se convierte en una exquisitez absoluta cuando aparece el inevitable broche gastronómico final. ¿Hay algo más horroroso que el trozo de la tarta que te ponen en las bodas?

Es verdad que con el alcohol que la mayoría de los comensales tiene en sangre a esas alturas de la ceremonia, poco importa el sabor del bizcocho reseco y sus pegotes de mantequilla sólida adosada, pero si algún día alguien -sin duda en un ataque de locura- se atreve a probarla sin que los efluvios del alcohol estén presentes en su mente, verá como se sumerge en una de las experiencias más asquerosas en las que puede caer el ser humano en su vida: comer tarta de boda a pelo.

Para que luego digan que ser abstemio no tiene inconvenientes.

... arreglándose el vello

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1091. Miércoles 12 diciembre, 2007

Capítulo Milésimo nonagésimo primero: "Hijo menos mal que alguien ha querido cargar contigo... No seas impuntual no vaya a ser que se arrepienta". (Alfredo H., 60 años; padre)

Aunque parezca imposible por mi rechazo visceral a tan sagrada institución, sí que hay algo que me resulta más ridículo que casarse: la ceremonia de la boda.

Y es que, igual que ocurre con las comuniones, la cosa empieza a parecer un chiste. De aquellos modestos convites donde la estrella era un bollo maimón seco y dos tamborileros que cambiaban aquella mañana las vacas por las dulzainas para animar el festejo (uno es mayor y de provincias), hemos pasado a bodas xxl en las que se hace imprescindible la "originalidad", aunque sea a costa de sentar en la mesa de los novios a un elefante rosa capaz de hacer malabarismos con la trompa mientras barrita la última canción de Bisbal, y la "elegancia", aunque ello signifique un menú de diez platos (imprescindibles las lengüecitas de canario maceradas en licor de bellota al aroma de langosta) acompañados de otros diez tipos de música: un cuarteto de cuerda para el aperitivo, Pachelbel suavecito para los entrantes, música de ascensor para los primeros platos, new age para los segundos, mariachis para los terceros, flamenquito para los postres, los inevitables tunos para cortar la tarta, un vals para abrir el baile, la música chonchi para que los más achispados puedan hacer la conga y las forzosas canciones de los sesenta, única pero imprescindible concesión al suegro de la novia, que para eso lo paga todo.

¡Vivan los novios!
... serpientes curativas.

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898. Jueves, 18 enero, 2007

Capítulo Octingentésimo nonagésimo octavo: "Cerebro: aparato con el que pensamos que pensamos". (Ambrose Bierce, 1842-1914, escritor estadounidense)

Hoy, que las prisas laborales están en uno de sus momentos más críticos, no me resisto a copiar un texto ajeno. Por largo que sea.

¿Cómo explicar esos amores patéticos, llenos de sufrimiento y renuncia? ¿o esos otros absolutamente altruistas? ¿y esas rupturas de parejas que "parecían hechos el uno para el otro"? ¿o la persistencia del amor hacia quien maltrata a su pareja?. El amor constituye en sus diversas formas uno de los motores básicos del comportamiento humano. Es junto a la salud y el dinero una de las fuentes de felicidad y al tiempo de desdicha, así como el núcleo argumental de buena parte de la literatura y el cine.
Sin embargo, hasta hace poco no ha preocupado especialmente a los investigadores de la conducta, entre otras razones porque no es un comportamiento que pueda observarse, sino un estado interno cuyas evidencias externas no son tan obvias (es posible estar enamorado sin síntomas de conducta claros).
Por ese motivo, frente a las investigaciones sobre conducta sexual -más habituales- son escasos los estudios que se han centrado en el amor y en sus diversos aspectos (creencias, actitudes, elección de pareja, estrategias de seducción, estilos amorosos, intercambio y poder en la relación, conducta sexual, etc.). De ahí la relevancia de la investigación a la que se hace referencia en estas páginas, la primera realizada en España con muestras representativas de la población. Aunque los grandes interrogantes seguirán sin respuesta, estos datos nos pueden ayudar a comprender mejor el fenómeno amoroso.

El ansiado flechazo solamente llega para 1 de cada 4 personas, las otras 3 se van enamorando poco a poco.

Uno de los resultados más claros del estudio, y al tiempo de los más preocupantes, es la generalizada aceptación por buena parte de los españoles de unas creencias sobre el amor que, en general, resultan más bien erróneas. Por ejemplo, el mito de que existe una pareja predestinada para cada cual (media naranja) resulta además absurdo: la mayoría de los entrevistados dice haber hallado a su pareja en su entorno (compañeros de trabajo, estudios, o residencia) o de modo casual. La creencia de que la pasión amorosa verdadera dura toda la vida resulta, además de ingenua, difícilmente compatible con ciertos imperativos psicológicos y biológicos. Esa pasión eterna en la que cree buena parte de los españoles se desvanece, de promedio, en torno a los cuatro años, según algunos estudios recientes. ¿Y qué decir sobre la creencia según la cual cuando se ama de verdad, se es fiel a la pareja siempre? ¿O la de que el amor lo puede todo?

La base del matrimonio es el amor: el 86% de los encuestados piensa que uno sólo debe casarse por amor.

Estas ideas, impregnadas de un evidente romanticismo fílmico, son preocupantes no ya por su escasa racionalidad, sino por sus resultados: expectativas irreales, desengaños, exigencias imposibles de satisfacer, rupturas precipitadas, relaciones fallidas, etc. Con ese equipaje de creencias, un obstáculo, el declive de la pasión, una infidelidad, se convierten en prueba de que el amor no era verdadero, o ya no existe, lo que lleva a la ruptura. Aunque, según indican los datos, al aumentar el nivel educativo se asumen menos esas creencias, lo que refuerza una idea básica: en estas cuestiones es posible aprender.
Muy en línea con lo anterior, la mayoría de los entrevistados considera que las personas sólo deberían casarse por amor.
Así, según los datos, buena parte de sus relaciones estables surgieron sin preocuparse mucho por el futuro (trabajo, hijos, familia...) o por la compatibilidad de la pareja. Ya se sabe, el amor lo puede todo, y la pasión (eterna) sustentará la relación. No vendría mal recordar que la asociación amor-matrimonio no ha sido dominante en otras épocas o culturas, en las que se imponía el pragmatismo a la hora de concertar las relaciones.

Cuando se plantea una relación esporádica, lo que más cuenta para el 53% es el atractivo físico

En cierto modo, da la impresión de que todavía persiste en nuestra sociedad, en mayor o menor grado, un tipo de amor que cabría denominar dependiente o adictivo. Se trata de un amor centrado en uno mismo -a menudo fruto de una inmadurez afectiva- que conduce a la necesidad del otro para llenar las propias deficiencias ("te necesito para ser feliz", "no puedo vivir sin ti"), a un amor posesivo, a la emergencia de celos (de hecho, la mayoría de los entrevistados consideran insoportable la idea de que su pareja le sea infiel)... Por desgracia, y bajo la apariencia de "amor verdadero", este tipo de amor, además de generar problemas y sufrimientos tarde o temprano, no garantiza la propia felicidad (ningún ser humano puede llenar a otro) ni tampoco la de la pareja.
En el camino hacia un amor más consciente y maduro (no tan centrado en uno mismo, menos celoso y más realista) emergen escollos. Dos son fundamentales: la inmadurez del individuo y el escaso conocimiento de los procesos que participan en el enamoramiento y en el curso de una relación. En ambos aspectos, y sobre todo en el último, se puede mejorar.

El 1,4% de los hombres dice que ha tenido relaciones con más de 100 personas. Ninguna mujer confiesa tantas.

Porque mientras los españoles estudian, tal vez con desmesura, desde el aparato digestivo de los reptiles hasta los avatares de los reyes godos, raramente aprenden algo sobre el comportamiento amoroso. No se habla de ello en exceso en el seno de la familia, se ignora en los centros educativos, y los medios de comunicación ofrecen a menudo una imagen distorsionada. Con lo que sólo queda aprender por experiencia propia; pero tampoco es muy factible: la mayoría de los entrevistados con pareja afirma haber tenido sólo una relación estable en su vida... De esta forma, las versiones adolescentes sobre la temática amorosa reflejan una clara confusión, mezclando enamoramiento, amor y deseo sexual, creyendo incluso amar cuando sólo desean o justificando el deseo llamándolo amor.

El sexo diario le toca al 2,4%; al 28,7%, 2 o 3 veces semanales; al 15,5%, una por semana y al 20,9% varias al mes

Siempre conviene ser prudente respecto a lo que uno cree ver, sobre todo, cuando se está enamorado. Por definición, el enamoramiento constituye una fase, necesaria tal vez, de hiperactivación emocional y afectiva, en la que la otra persona no aparece como lo que es, sino como resultado de una clara idealización y/o proyección en él/ella de todo tipo de deseos, expectativas, necesidades, ilusiones, modelos interiores... Por ello, debe cuestionarse -por duro que resulte- lo que se cree percibir en la otra persona. Los datos sobre el atractivo físico así lo señalan: los entrevistados emparejados tienden a hallar más atractiva a su pareja que a sí mismos, lo que refleja (al ser matemáticamente imposible que lo sea) una distorsión de la realidad. Y si algo observable se distorsiona, ¿qué no ocurrirá con otros rasgos menos visibles?
Otro aspecto central de este análisis reside en las diferencias entre varones y mujeres. Buena parte de los tópicos parece seguir vigente, según se desprende de los concursos de parejas o programas sobre el amor en las televisiones, ejemplos patéticos además de esas relaciones inmaduras, adictivas o dependientes. Por otra parte, también de los datos emergen algunas diferencias muy claras. Así, los varones reconocen una mayor tendencia a la promiscuidad sexual y a la infidelidad, mientras ellas valoran más la fidelidad. Son también ellos más que ellas quienes, en general, llevaron la iniciativa en el inicio de la relación y de los primeros contactos físicos.

El amor de verdad lo puede todo. Así lo creen 7 de cada 10 españoles

Sigue en pie la tendencia femenina a vincular el sexo con el amor más que los varones, capaces de una mayor separación. Aparecen también algunas diferencias en las estrategias de seducción, sobre todo en relaciones a corto plazo o esporádicas. Pero no hay diferencia en la mayor o menor valoración que se dé a los celos emocionales o sexuales.
Sobre la conducta sexual en la pareja, resulta sugerente comprobar que los varones emparejados aseguran mantener intercambios sexuales con una frecuencia superior a la que afirman las mujeres emparejadas... ¿Cómo es posible? ¿Exageran los varones para adecuarse a la norma social al respecto? ¿O sus intercambios sexuales no son con su pareja, como indican los datos de infidelidad?

Seis de cada 10 personas han mantenido a lo largo de su vida una sola relación amorosa estable.

Podrían extraerse otras muchas consideraciones. Pero quizá, para concluir, debería recordarse que una relación amorosa constituye un camino plagado de dificultades y contradicciones, de las que hay que ser plenamente conscientes: la convivencia tiende a resaltar los aspectos negativos, la satisfacción del deseo tiende a acabar con él, la idealización se enfrenta a la realidad cotidiana, el deseo de independencia al compromiso con la pareja, la pasión tiende a declinar, el deseo de curiosidad y novedad sexual lucha contra la fidelidad... Fundamentar una relación pretendidamente estable, que dará lugar a una familia y a unos hijos, basándose sólo en la pasión o enamoramiento no constituye precisamente un síntoma de lucidez. Hacerlo además sin un adecuado autoconocimiento, en momentos de baja autoestima o fragilidad personal, constituye una decisión casi condenada al fracaso. Por ello, en estas cuestiones sería aconsejable utilizar una cierta racionalidad, no mayor pero tampoco menor de aquella con la que actuamos en otros aspectos de la vida (elección de profesión, residencia...)
Y aquí uno que está completamente de acuerdo.

... un pene ornamental

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