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1777. Miércoles, 2 marzo, 2011

Capítulo Milésimo septingentésimo septuagésimo séptimo: "Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada". (Proverbio árabe)

Hay veces que tener buena memoria no ayuda mucho. Sobre todo si te das cuenta de que has pasado buenos ratos con casi todos.

La nostalgia ya no es lo que era.

... reinado record

Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

1432. Lunes, 29 junio, 2009

Capítulo Milésimo cuadringentésimo trigésimo segundo: "Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces" (Marco Valerio Marcial, 40-104; poeta latino)

Ahora que estamos en tiempo de hacer maletas, hay un par de cosas que todavía sigo echando de menos de cuando vivía en casa de mis padres. Y mira que de eso hace casi ya dos décadas. Una es esa extraña costumbre que tienen todas las madres de querer que hagas la maleta (y/o mochila) con, mínimo, 48 horas antes de la salida. A uno, en cambio, con media hora le basta y le sobra. Consecuencia: habrá 47 horas y media de tu vida en las que cada cinco minutos tendrás que oír por delante, por detrás, por arriba y por abajo la frase: "¿Pero y la maleta..? ¿Cuándo quieres hacer la maleta?", "Niño, que se te echa el tiempo encima y no has hecho la maleta”.

Y la otra, la vigilancia exhaustiva a la que una vez hecha, hay que someter a la dichosa maleta. Porque basta un segundo de despiste, un pequeño descuido aunque sólo sea porque te estás meando, para que una madre -siempre al acecho- pueda remplazarte todo lo que ella considera prescindible de la maleta (que suele coincidir casi al 100% con lo que tú consideras imprescindible) y acabes tumbado en la playa con tres chaquetas ("niñoooo, que por la noche siempre refresca"), veinte pares de calcetines ("¡pero cómo no te los vas a llevar si te los he comprado precisamente para el viaje... anda, andaaaaa, anda) y un tuperware con kilo y medio de croquetas de pollo ("!ayyyyy a saber que vas a comer por ahí con lo gaita que eres!").

Veinte años después... y cada vez que llegan estas épocas lo sigo echando de menos. ¡Qué cosas!

... el plumero de las desavenencias

Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

1063. Lunes, 29 octubre, 2007

Capítulo Milésimo sexagésimo tercero: “"Recuerdo lo que no quisiera, y no puedo olvidar lo que quisiera" (Marco Tulio Cicerón, 106 - 43 a. C.; filósofo, escritor y orador romano)

Empezó perdiendo la memoria ya en sus clases del instituto. Su primea sensación fue de angustia; le dijeron que tenía una depresión. Era consciente de que algo pasaba y de nada le servía intentar aparentar una normalidad que se notaba un poco más rota cada día, sumergiéndose, por la progresiva pérdida de memoria, en un lento y crudo "desaprendizaje", que lo llevaba de regreso a la infancia.

Empezó a cambiar su humor, y a necesitar ayuda para lo más cotidiano. El razonamiento, el lenguaje, el reconocer percepciones y la capacidad para llevar a cabo lo habitual del día, iba sufriendo cada vez mayor retroceso, y la conducta, más frecuentes trastornos.

Los recuerdos se esfumaban y sentía cómo su identidad se iba con ellos. Se resistió a pedir ayuda hasta que todo se desvaneció.

La memoria es como el disco duro de la identidad donde se almacenan todos los recuerdos y a él, el disco duro, se le empezaba a borrar de forma inexorable.

Durante doce años su mujer no se separó de su lado ni un solo minuto, el afecto es hoy por hoy el único remedio, se hinchaba de tocarlo, de besarlo, de acariciarle el pelo, de hablarle, de agarrarle la mano, él no sabía lo que le decía pero sabía cómo se lo decía. Aún conservaba, y conservó siempre, esa inteligencia emocional que, a pesar de todo, mantenía intacta como si fuera un bebe.

En 1907, el psiquiatra alemán Alois Alzheimer describió la enfermedad que lleva su apellido, una enfermedad que es un brutal peaje que la sociedad paga por conseguir que sus hombres y sus mujeres vivan más años, una enfermedad de dos personas siempre: el que lo tiene y el que lo cuida.

Ella, mi madre, vivió durante doce años sólo para cuidarlo a él, mi padre, decía que nadie lo iba a hacer mejor a pesar de que su única "recompensa" era ver como la memoria de él se disolvía, hasta que ni tan siquiera podía reconocerla.

Cada día es el aniversario de un recuerdo. El de hoy es, para mí, el del reconocimiento.

... Greenwich.

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