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1876. Lunes, 12 septiembre, 2011

Capítulo Milésimo octingentésimo septuagésimo sexto: "Me es más fácil pensar en un mundo sin creador que en un creador cargado con todas las contradicciones del mundo. (Simone de Beauvoir, 1908 - 1986; novelista francesa)

Una definición -convenientemente comprobada por sus observaciones- era la regla que aceptaba como verdad uno los pueblos más cultos, instruidos y sabios que han existido: los griegos. Ellos tan ilustrados, leídos y formados, consideraban que un hombre era joven mientras pudiera completar cuatro coitos seguidos.

Largo suspiro.

Llegado a este punto uno deja volar la imaginación pensando que, al menos para ciertas cosas, cualquier tiempo pasado fue mejor. Mala leche, muy mala leche. Los lunes, y a estas horas, es lo que tienen.



... dando la tabarra

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1236. Jueves, 21 agosto, 2008

Capítulo Milésimo ducentésimo trigésimo sexto: "El arte de agradar es el arte de engañar". (Refrán español)

Los escultores, pintores y decoradores de vasos griegos tienen fama de grandes artistas. Y seguramente lo eran. Pero es fácil para un artista conseguir un buen resultado cuando su modelo es Venus o Hércules, dioses o héroes, seres bellísimos y en actitudes naturalmente armoniosas. Sería interesante averiguar qué hubiera podido hacer Fidias o Praxíteles o uno de aquellos fulanos que no paraban de retratar a tan hermosos personajes, ante la obligación de hacer la estatua de un político barrigudo, cincuentón, embigotado y con menos pelo en la cabeza que una rana en su barriga.

Podemos imaginar qué clase de vaso, jarrón o ánfora habría resultado si, en lugar de decorar el cacharro con los retratos de lo protagonistas de la Iliada, elegantes y atléticos a un tiempo, el artista alfarero hubiera tenido que pintar a, por ejemplo, los diputados del Congreso.

No está en mi ánimo socavar el prestigio de los artistas griegos, sólo aspiro a hacer ver que jugaban con “cierta” ventaja. Debe de ser cosa de los jueves de agosto, que acaban poniéndole a uno trascendental.

... la multiplicación de los panes y los votos

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1207. Jueves, 19 junio, 2008

Capítulo Milésimo ducentésimo séptimo: “Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido." (Aristóteles 384-322 a. C.; filósofo griego)

Desde su primer día en Roma, ciudad a la que entró subido a un lujoso carro tirado por docenas de mujeres desnudas, Vario Avito Basiano (205-222), coronado a los 14 años emperador romano con el nombre de Marco Aurelio Antonino (aunque más conocido con el sobrenombre de Heliogábalo) se dio cuenta que gobernar un imperio no tenia que ser aburrido.

Aparte de darse esos pequeños caprichos que todos tenemos y que tanto ayudan a sobrellevar el día a día, como su costumbre por no beber nunca dos veces de un mismo vaso (que tenía que ser siempre de oro macizo), vestirse con ropas femeninas en las noches de luna llena o casarse con varios gladiadores en una misma ceremonia, Heliogábalo se hizo famoso por los banquetes que ofrecía a sus invitados, unos banquetes a los que asistía el todo Roma y que, como buen anfitrión que era, cuidaba en sus más mínimos detalles como bien reflejan los relatos de los innumerables cronistas de la época que el mismo emperador dispuso para que legasen sus hazañas a la posteridad.

En uno de ellos, y por aquello de celebrar que empezó a gobernar un año acabado en ese número, organizó la fiesta temática del ocho invitando para la ocasión a ocho jorobados, ocho cojos, ocho gordos, ocho esqueléticos, ocho enfermos de gota, ocho sordos, ocho negros y ocho albinos. Llegados los postres cada uno de ellos recibió ocho puñaladas en medio del alborozo general del resto de los invitados que podían participar libremente de espectáculo, y no sólo como simples espectadores sino también, si lo deseaban, como verdaderos protagonistas del mismo. Tan pocos invitados pudieron resistirse a participar que hubo que improvisar varias tandas más de ochos echando mano de los esclavos del servicio y así que ningún invitado se quedase sin participar.

Precisamente era la hora de los postres, cuando ya todo el mundo se hallaba bastante afectado por la bebida, para cuando el emperador guardaba su mejores ideas, ésas que le hacían ser el alma de la fiesta. Legendaria fue aquella en la que, con todos los invitados dentro, mandó cerrar las salidas del comedor e hizo soltar una manada de fieras salvajes a las que previamente había hecho arrancar los dientes y las garras, algo que, lógicamente, desconocían los aterrados comensales.

Hay gente que sabe divertirse de verdad.

... sueño

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