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1131. Martes, 19 febrero, 2008

Capítulo Milésimo centésimo trigésimo primero: "No puedo comprender por qué en la televisión siempre se excusan las interrupciones pero nunca la programación normal. (Otto Preminger 1906-1986; director de cine estadounidense)

Comer del mismo plato, y con la mano, o beber del mismo vaso, siempre ha han sido símbolos de amor y de unidad, convertidos incluso en liturgia por el cristianismo. Entonces ¿Cómo han llegado a estar tan condenados estos actos por las normas de las buenas maneras? ¿Quién tiene la culpa de que uno quede como un puerco por atreverse a usar las manos en la imprescindible tarea de alimentarse?

Cuentan que el tenedor llegó a Europa procedente de Constantinopla, donde ya eran muy finos, allá por el siglo XV. Teodora, la hija del emperador bizantino Constantino Ducas, lo llevó a Venecia, al casarse con el dux de aquella república. Costó que se pudiera de moda porque se consideraba -y no iban muy descaminados- una extravagancia; tanto que llegaron a condenarlo desde los pulpitos de la época como intrumentum diaboli, por lo complicado que resultaba usarlo para comer algunos alimentos como la pasta.

Pero el tiempo ha dado la vuelta a la tortilla y ahora si hacemos caso a las "buenas maneras" sólo está permitido usar las manos para comer las alcachofas, los espárragos (siempre agarrándolos por el tallo) y las cerezas, y, si acaso, para pelar los plátanos y partir el pan siempre que ya esté servido en la mesa. Pero es que, aunque uno quisiera poner en práctica tan complicadas instrucciones protocolarias, nunca acabaría acertando. Ni entre ellos se ponen de acuerdo. Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, decía "el corazón es un traidor, hay que tenerlo cerrado con siete cerrojos", tal vez por ahí van los tiros de la recomendación de las gentes de esta organización a sus numerarios de que coman los plátanos con cuchillo y tenedor. Pero los que no militamos en tan sufrido grupo, todos los que fuimos carne de colegio público en un extrarradio de provincias, ¿podemos pelárnoslo con las manos sin acabar condenados al fuego eterno? ¿Sufrirá mucho nuestro corazón por sentir la suave textura de nuestro plátano entre el índice y el pulgar?

Para gustos colores, y será todo el pecado que quieran, pero pocos placeres se pueden comparar a comerse tanquilamente un suculento plátano después de haberlo pelado con una buena mano.

... en la luna.

Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

1101. Martes, 8 enero, 2008

Capítulo Milésimo centésimo primero: "¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación". (Alejandro Dumas, 1803-1870; escritor francés)

Hay quienes piensan que las puertas más que para entrar y salir, están colocadas en los sitios en los que están colocadas para que ellos demuestren sus buenos modales.

Y ya no hablo de esa costumbre que tienen de, en cuanto ven alguna, abalanzarse como unos posesos sobre ella para abrírtela, que también (¡tengo manos!) sino de ese empeño que ponen en quedarse aguantándola hasta que llegas a ella. Aunque estés a varios kilómetros de distancia.

No me gusta que me abran la puerta, ni mucho menos que la mantengan abierta con la coartada de que ya estoy llegando. No me gusta que la gente se crea que sus buenos modales tienen que ser verdades absolutas compartidas por el resto y, sobre todo, no me gusta tener que elegir entre ser un hipócrita dándole las gracias por hacer algo que me molesta soberanamente o ser un maleducado por callarme y no reconocerles lo que ellos consideran un detalle que tenemos que agradecerles.

Encima.

... polígonos de 56.645 lados .

Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

1031. Miércoles, 12 septiembre, 2007

Capítulo Milésimo trigésimo primero: "¿Por qué existe la estadística como ciencia si todos sabemos que las posibilidades de que ocurra cualquier cosa es siempre del 50%: o sucede o no sucede"? (Juan T., 59 años, montador de castillos pirotécnicos)

Todavía me acuerdo (y mira que hace) de la definición que aprendí de lo que era un kilo: justo lo que pesaba una barra de platino que tenían guardada unos señores franceses en París.

Era una más de las muchas tonterías que nos hacían aprender (¿alguien normal ha usado alguna vez en su vida un logaritmo neperiano o ha tenido que decirle a algún inglés que su sastre es rico?) pero sin embargo aquello tenía su encanto, sobre todo porque era de las pocas cosas que aprendías y que luego podías aplicar a tu vida diaria. Saber que cada vez que te mandaba a comprar el chopped te iban a dar más o menos en función de lo que aquel día pesara una barra de platino que tenían unos señores franceses guardada no dejaba de ser algo que se salía de lo normal para los que, además de ser de provincias, vivíamos en el extrarradio (y justo al lado del cementerio).

Con el tiempo -uno va creciendo y empieza a plantearse dudas existenciales- empecé a entenderlo mejor. Eran necesarios unos patrones precisos para que en todos los lados un kilo pesara un kilo, evitando así que a algún país se le ocurriera instaurar alguna ley diciendo que en su territorio un kilo pesaría 500 gramos y a las tres horas tuviera que cerrar sus fronteras ante la avalancha de gente ávida de rebajar su peso a la mitad a cambio de un simple sello en el pasaporte.

Aunque me he quedado yo pensando que tal y como está la competencia en el sector y vista la cantidad de gordos capaces de hacer cualquier cosa por ver bajar su peso, no entiendo cómo ningún país se ha puesto manos a la obra con el tema. Yo, por de pronto, dejo aquí la idea por si alguno quiere ponerla en práctica sólo a a cambio de la voluntad (que es triste pedir pero más triste es robar).

... ganó a 24 km. por hora.



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998. Jueves, 21 junio, 2007

Capítulo Noningentésimo nonagésimo octavo: "La prudencia es una solterona rica y fea, cortejada por la incapacidad". (William Blake, 1757 - 1827, poeta y pintor inglés)

Lo dice una curiosa Guía del Xenófobo que circula por ahí hablando de los españoles: "perdón y gracias son palabras que apenas se usan. Nadie espera que una persona se disculpe si se equivoca. A los españoles esas cosas les parecen artificiales o forzadas. Cuando están contentos, lo demuestran; cunado no están contentos, apenas se esfuerzan por ocultarlo".

Algo de razón tiene. Cuando uno viaja se da cuenta que por los extranjeros las personas repiten las palabras gracias y por favor tantas veces que es casi un acto reflejo al que no dedican si un segundo de reflexión. Aquí, en cambio, el valiente que se atreva a decir gracias un par de veces, se la juega. Si es una mujer, se la catalogará inmediatamente como "esa cursi" y un hombre se convertirá para siempre en "el estirao". Porque el españolito medio que se precia sabe que la buena educación no es un síntoma de respeto hacía los demás, ni un código de cortesía universal. Qué va. La buena educación es una tontería como la copa de un pino. Quien alardea de tenerla es un impresentable. Y además un pijo.

Y ese el quid de la cuestión de los modales patrios. Si hay algo que un español considera un insulto peor que mentarle a la madre, es que le llamen pijo. Mientras en otros países hay personas que sin el menor reparo se autoproclaman supermegapijas (ahí están la señora de Beckham, doña Victoria, o Paris Hilton sin ir más lejos), hacer lo mismo por estos pagos es una temeridad.

De todas formas los guiris nos podrán considerar ruidosos, groseros, poco fiables, vagos, mal pensados e incapaces de aceptar una crítica. Pero los raros son ellos. Si no hay más que verles. Hay que tener cuajo para dar las gracias y encima en inglés. Thank you por aquí y thank you por allá y thank you por acullá. Qué gente tan empalagosa. Y encima van comiendo por la calle y en el metro y en el autobús, tan contentos. Y nos laman groseros. A nosotros, La paciencia que hay que tener. Si es que los españoles, de puro buenos que somos, parecemos tontos.



987. Miércoles, 6 junio, 2007

Capítulo Noningentésimo octogésimo séptimo: "Las palabras son los clavos para fijar las ideas" (A. Godin, 1880-1938, escritor francés)

Ya me lo habían contado en el colegio. Ahora un libro me lo ha confirmado: Escupir, aunque sea una necesidad fisiológica, no es elegante. Su autora, Lady Chelsa, directora de la prestigiosa escuela Glenlivet masculina de etiqueta y buenos modales, lo tiene claro: "a las mujeres les gustan los hombres bien vestidos, sofisticados y elegantes". Refinémonos pues.

"No hay que abstenerse de escupir y es feo tragarse lo que debe ser escupido, lo cual puede causar asco.

No hay que tomar la costumbre, sin embargo, de escupir con demasiada frecuencia y sin necesidad, lo que no sólo es muy descortés sino que además repugna e incomoda a todo el mundo. Hay que procurar que esta necesidad ocurra raras veces cuando se está en compañía, especialmente cuando se está con personas a las que se debe respeto.

Cuando se está con personas de calidad o en locales mantenidos limpios, hay que escupir en el propio pañuelo, volviéndose un poco de lado.

Convendría por educación, que cada uno se acostumbrase a escupir en el propio pañuelo cuando se está en casa de personas importantes y en todo local que esté encerado o con parquet, pero es mucho más necesario estando en la iglesia. El respeto debido a estos lugares consagrados a Dios y destinados a darle el culto que se le debe, pide que se conserven bien limpios y en honor, incluido el pavimento sobre el que se anda: sin embargo sucede que no hay suelo de cocina e incluso de establo que esté más sucio que el de la iglesia, a pesar de ser la morada y la casa de Dios sobre la tierra.

Después de haber escupido en el pañuelo hay que plegarlo enseguida sin mirarlo, y meterlo en el bolsillo.

Es muy descortés escupir por la ventana, o en el fuego, o sobre los tizones, contra la chimenea, contra el muro o en cualquier otro lugar en el que no se pueda pisar el esputo. También es de mala educación escupir delante de sí en presencia de otros, de modo que se vea uno obligado a ir a buscar el esputo para pisarlo.

Hay que poner mucho cuidado para no escupir sobre los propios vestidos, ni sobre los de los demás: el hacerlo denota una persona sucia o poco cauta.

Existe un defecto no menos considerable y del que debe uno guardarse bien, y es, al hablar, echar saliva sobre la cara de aquellos con quienes se habla; es muy descortés y sumamente incómodo.

Cuando se ve en el suelo un salivazo grande hay que poner enseguida con destreza el pie encima; si se ve sobre el vestido de alguien, no es cortés el decírselo, pero hay que avisar a algún criado que vaya a quitárselo y, si no los hay, debe quitarlo uno mismo sin que nadie se dé cuenta, pues la urbanidad consiste en no mostrar nada referente a quienquiera que sea, que pueda ocasionarle molestia o producirle confusión".
¡Tantas cosas por aprender y tan poco tiempo!

... talento matemático

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