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1757. Miércoles, 2 febrero, 2011

Capítulo Milésimo septingentésimo quincuagésimo séptimo: "Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo" (Aristóteles, 384 a.C - 322 a.C; Filósofo griego.)

Yo también siento añoranza y profunda memoria sentimental de los cines de barrio. De los ya inexistentes programas dobles, de entrar en el refugio a las cuatro de la tarde y salir a las ocho después de haberte zampado un enorme cucurucho de pipas mientras veías a Fantomas luchando contra todo lo que se le ponía por delante, fuera Scotland Yard o el mismismo Fu-Manchú, inolvidable aquel duelo de malvados en los que nunca lograba ganar nadie porque, como todos sabíamos, los protagonistas nunca mueren.

Ahora, que los tiempos han cambiado, ya no hace falta ir al cine para ver una sesión continua a villanos de serie b, basta encender la televisión. No es lo mismo, ya lo sé, está a años luz, ya lo sé… pero cumple el mismo papel, y además, es lo que hay. Ayer lo hice y me topé con una dadaísta entrevistadora que (aunque sólo veamos los documentales de lados) todos conocemos, esa reina del chándal de la que ya no sabes si es real o una abstracción articulada. Y me di cuenta que cumple el mismo papel de guionizada villana luchando contra todo lo que le ponen delante. Reinventándose según el malvado que tenga enfrente. Ahora, por ejemplo, da la impresión de que ha abandonado su fijación con los pelos en los sobacos de la mujer de su exnovio, para vocear haciendo apología con la epídica certidumbre joselitiana de que lo más grande del mundo es una madre, aunque lleva más lejos ese ancestral dogma de fe: “Ser madre, eso si que es lo más grande”. Será la moda.

Reconozco que, aunque sólo sea porque la nostalgia lo suaviza todo, seguiré prefiriendo a Fantomas, porque lo mío, con aquellos villanos de pantalla grande en sesión doble y cucurucho de pipas, fue un flechazo para toda la vida.



... Andorra

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1553. Lunes, 8 febrero, 2010

Capítulo Milésimo quingentésimo quincuagésimo tercero: "Odio la televisión. La odio como a los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes" (Orson Welles, 1915 - 1985, director estadounidense)

Los que ronden -o superen- los 40 podrán comprenderme. Recordareis conmigo que ocupó durante años un lugar preferente en los salones de nuestras casas. A su alrededor nos reuníamos las familias enteras, y su presencia posibilitó que fuéramos testigos de momentos memorables y tristes. Gracias a ella todos subimos a la luna, disfrutamos de nuestra fauna ibérica y lloramos muchas muertes sin sentido. Sin salir de nuestra habitación recorrimos nuestro mundo y más allá, cantamos y vencimos en Eurovisión, ganamos en concursos muchos apartamentos en Torrevieja y alguna lágrima vertimos con Heidi, y Marco y una tal Laura Ingalls que vivía en una pequeña casa de una pradera.

Hoy las cosas han cambiado y seguramente lo hayan hecho para bien, pero a veces tengo mis dudas. En nuestras casas albergamos varios televisores con programación a la carta, y ya no vivimos en blanco y negro. El color todo lo invade, principalmente el rosa. Nadie se acuerda de Jana Escribano, ni de Lalo Azcona. A nadie parece importarle quiénes fueron Tico Medina y Alfredo Amestoy. Son recuerdos del pasado en un mundo de vértigo que no perdona la falta de variedad. Esa misma variedad de la que hoy disfrutamos pero que, salvo honrosas excepciones, sustituye el talento por la verborrea, la elegancia por la estupidez y la profesionalidad por los resultados económicos; esa variedad que hace que mientras que los padres investigan huellas en el salón sus hijos luchen con Narutos y Digimones en sus dormitorios.

Los nuevos tiempos traen nuevos programas, y la clave está en saber escoger. Hoy la picardía de Shin Chan haría sucumbir la inocencia de Cleo, Tete y Coletas Telerín. Pero mientras que Belén Esteban se ría de ello, o Jesús Mariñas pretenda explicar el porqué del color de las bragas de la ex novia de Paquirrín, prefiero recordar lo que sentía a mis trece años, cuando en el programa 300 millones un avión de Iberia surcaba de este a oeste la pantalla de aquel televisor en blanco y negro y dentro del cual mis sueños también volaban, mientras mi madre, puntualmente, traía la cena de todos a la mesa del salón.

Lunes nostálgico. Demasiado nostálgico.

... la imprenta

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1550. Miércoles, 3 febrero, 2010

Capítulo Milésimo quingentésimo quincuagésimo: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás existió. (Proverbio mongol)

Es una pena muy grande, honda, profunda. Y no es para reírse. Lo de que la vida ya no es como antes, que escuchaba en cada sermón de mis abuelos cuando era crío (¡hace tanto de aquello!) y me pasaba los veranos en el pueblo... va a ser verdad, y ahora me entero. La mejor prueba de todas, irrefutable a todas luces, es la ausencia, de unos años para acá, y en claro presunción de desaparición, de alguna canción verbenera que reciba los honores de "canción del verano".

Es verdad que cada verano tienes su cancióndelverano, una canción estúpida que, sin embargo, cantamos a la menor ocasión, y que se va apagando poco a poco dejando regusto a playa, sol y vacaciones hasta el año siguiente. Sin embargo, y ya a estas alturas de febrero, por más que hago memoria no logro recordar la del verano pasado. Y mira que lo han intentado hasta con todo un silbido clásico que durante 20 años ha martirizado las mañanas y tardes de la televisión estival, gracias a las repeticiones de Chanquete, Julia, Tito, Piraña, Javi, Bea y Desy..., creo que me dejo a alguno. Pero ni con ésas. Ni el remozado silbido de Verano azul ha logrado reavivar el espíritu de los versos con rima facilona, el compás medido de la música, el bailecito pegadizo por si hiciera falta salir a bailarla con dos copas de más... nada.

Si hemos movido el cu-cu, hemos cazado el venao, sentido la Macarena, comprendido el aserejé y sabido que se la llevó, el tiburón, que el tiburón se la llevó, se la llevó, por qué nadie tiene compasión del probe Miguel, como representante de los nostálgicos y provocan que, Ave María, alguien nos susurre al oído, como hizo en los 70 Rafaella Carrá que para hacer bien el amor hay que venir al sur. Ya nadie cree en ser amigos para siempre, como insinuaban Los Manolos, nadie se pone colorado cuando lo miran, que aseguraban las Papá Levante, se prohíben las barbacoas como las hacía Georgie Dann y gritar, a todo trapo, booooomba, no está bien visto. Lástima, pero hemos perdido un tesoro que será difícil, por muy cíclica que nos pinten la vida, recuperarlo de nuevo.

Ya nada es lo que era.

... cerillas

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