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1533. Miércoles, 13 enero, 2010

Capítulo Milésimo quingentésimo trigésimo tercero: “La canción original no decía "lalala", lo que pasó es que a Masiel se le olvidó la letra” (Abel Requejo, 34 años, músico)

Una de las señales inequívocas de mi entrada -sin remedio- en la edad talluda ha sido ver como un par de amigos de mi misma quinta han decidido cambiar su habitual footing dominguero por unas partidas semanales de golf. O eso me han dicho.

A mí, que ya me he definido varias veces (más de mil quinientos capítulos acaban pasando factura de repetición) como hombre sedentario y sedante, un caballero de respetable edad corriendo al trote ya me parecía un espectáculo irresistiblemente penoso. Pero contemplar como los mismos pasean con un carrito, unos palos y algún cómplice por la verde pista entre dos hoyos del campo de golf me parece directamente una soberana gilipollez.

El juego es muy propio de la terquedad y la carencia de imaginación de los ingleses. Colocar una bolita artificial, bastante cara, sobre otra natural millones de veces mayor y obstinarse en golpear a la pequeña sin rozar a la grande es tarea, por lo visto, apasionante, aunque inútil.

¿Puede haber mayor señal de caducidad que tener la misma edad que un jugador de golf? Todo va encajando: soy viejo.

... mercedes

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906. Martes 30 enero, 2007

Capítulo Noningentésimo sexto: "Si el esfuerzo que se gastó en la investigación de la personalidad femenina se hubiese gastado en el programa espacial ya estaríamos vendiendo hamburguesas en la luna" (Steven Wright, 1955, humorista estadounidense)

Tengo unos amigos que juegan al tenis. A mí me parecen unos insensatos. Creo que el tenis después de los veinte años es un ejercicio destructor. Y si quien lo hace ha comenzado su practica después de haber cumplido los veinticinco, peor para su corazón que la bomba atómica para Hirosima. Tan lamentable como la manía que tiene algunos por hacer "footing". Una persona de respetable edad corriendo al trote me parece un espectáculo irresistiblemente penoso.

A uno de ellos le ha dado ahora por el golf. Yo, hombre joven sedentario y sedante, contemplo semejante desatino desde la distancia. El juego es muy propio de la terquedad y la carencia de imaginación de los ingleses. Colocar una bolita artificial, bastante cara, sobre otra natural millones de veces mayor y obstinarse en golpear a la pequeña sin rozar a la grande es tarea, por lo visto, apasionante, aunque inútil. Es verdad que con el juego se consigue caminar esos seis o siete kilómetros que los médicos consideran imprescindibles para mantener sano el corazón, pero llegado a este punto siempre me acuerdo de aquel cantante navideño, Bing Crosby, que después de haber hecho esa caminata cayó fulminado por su corazón junto al hoyo dieciocho. Precisamente el último.

Antes a los hombres (personas) nos fulminaba el corazón la mirada de unos ojos negros, pardos o azules. Ahora nos destroza el corazón la mitología anglosajona del ejercicio físico. Antes estábamos mejor. Yo soy de los de antes


... dormir

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