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1774. Viernes, 25 febrero, 2011

Capítulo Milésimo septingentésimo septuagésimo cuarto: “Ninguna frontera tienta más al contrabando que la de la edad” (Robert Musil, 1880 - 1942; escritor austriaco)

En todos los tratados de los que estudian estas cosas se habla del labio superior como una de las zonas más excitantes de los conocimientos bíblicos. Y hablo del de la boca, que ya sé que cuando se habla de labios a más de uno le da la risa floja. Pero esta vez la cosa va de algo tan puro y casto como son los besos. Siempre, claro está que tengan los suficientes intercambios de fluidos para considerarse como tales.

El caso es que el nacimiento del beso tiene tantas explicaciones -y tan peregrinas- que a buen seguro ninguna sea cierta. Los hay que certifican que nació en Grecia (en la de antes, con sus filósofos, sus efebos y sus Helenas de Troya), cuando las mujeres intentaban comprobar con un beso a tornillo si sus maridos habían estado en la taberna del ágora Mayor con los amigotes dale que te pego al hidromiel con vino (de Corinto, imagino). Otra teoría señala a la Tierra de Fuego como el punto de partida del beso. Los indios que habitaban dicha región desconocían el uso de los vasos y, para beber, se pasaban el agua unos a otros con la boca. Dicho así la verdad es que suena a juego de yogurines intentando intercambiar fluidos con la tíabuena de la tribu con cualquier disculpa pero, como decían en un anuncio de la tele, yo lo he leído.

Sea como fuere, en ósculo apasionado, puede provocar un cambio tan brusco que, según los mismos de antes (los que estudian estas cosas) puede acortar nuestra vida hasta tres minutos. Pero, siendo serios, ¿qué son tres minutos menos ante tal derroche de placer?



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Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

1421. Viernes, 12 junio, 2009

Capítulo Milésimo cuadringentésimo vigésimo primero: "La distinción que encontramos en el infortunio es tan grande que si le decimos a alguien: "!Pero que feliz es usted", por lo general protesta". (Friedrich Nietzsche, 1844 - 1900; filósofo alemán)

En muchos tratados sobre el asunto se habla del labio superior de la mujer como una de sus zonas más erógenas. Incluso se hace referencia a cierto canal nervioso que lo une directamente con el clítoris. Hasta en el kamasutra se detalla lo extremadamente placentero que puede resultar un beso en el que el hombre estimula el labio superior de su compañera, mordiéndolo y succionándolo levemente mientras ella juega con el labio inferior de él. No, si por algo el hombre es el animal más besucón del mundo. Con diferencia.

Y eso que no siempre ha sido así. El beso, tal y como lo entendemos ahora, no formó parte del cortejo amoroso hasta el renacimiento, y no sería hasta varios siglos después, en la década de los treinta del siglo XX, cuando se empezó a extender a partir de una comunidad, la de Maraichin, en Bretaña.

Porque antes la historia era muy otra. Había quienes lo ignoraban completamente, como los egipcios (por lo que se puede deducir que entre los tipos de fluidos que intercambiaban Marco Antonio y Cleopatra no estaba precisamente la saliva) hasta quien le sacaba unos usos bastante menos lúbricos. Así, mientras en la antigua Grecia las mujeres comprobaban con un beso de tornillo si sus maridos se habían pasado por la taberna del ágora antes de llegar a casa, los indios de Tierra de Fuego, que desconocían el vaso, usaban el beso para beber, pasándose el agua de unos a otros. Mira si no podían haber aprovechado el tema ya metidos en harina. Para que luego digan que los antiguos no eran raros.

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1151. Viernes, 28 marzo, 2008

Capítulo Milésimo centésimo quincuagésimo primero: "No se besa como si se desatascara una pila". (Eusebio Poncela a Antonio Banderas en la Ley del Deseo. Pedro Almodovar, 1986)

Hay quien llega al orgasmo con sólo besar a su pareja. Algo que puede ser, según y cómo, una absoluta bendición o el más completo de los desastres.

Tampoco es tan raro. No digo yo que sea frecuente pero raro, raro.. Ya en muchos tratados sobre erotismo se habla del labio superior como una de las zonas más erógenas. Incluso en alguno se hace referencia a cierto canal nervioso que en las mujeres uniría directamente ese labio con el clítoris. Es verdad que en los libros de anatomía humana no aparece tal canal, pero en cambio sí se menciona en el Kamasutra cuando explica lo extremadamente placentero que puede resultar un beso en el que el hombre estimula el labio superior de su compañera, mordiéndolo y succionándolo levemente mientras ella juega con el labio inferior de él. Y a ver, ¿a quién vamos a dar más credibilidad, al libro entre los libros o a uno que está lleno de dibujitos de tripas de muerto? Pues eso.

Sea como sea, las ventajas de los besos están más que acreditadas. Y las de sus beneficios, también. Y no hablo ya de aquello que decía Mercedes Milá sobre que hacerlo con un fumador es como chupar un cenicero (una experiencia que de otra manera pocos llevarían a cabo) sino de sus ventajas para la salud. Con uno normalito la presión arterial puede aumentar de 80 a 160 pulsaciones por minuto, el corazón se pone a bombear un litro más de sangre y, si se trata de uno de esos que tú y yo sabemos, llega a provocar cambios tan bruscos en el organismo que, según dicen los que estudian estas cosas, puede acortar nuestra vida hasta en dos minutos. Pero ¿qué es un par de minutos ante tal derroche de sensaciones?

Hasta el lunes.

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