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1772. Miércoles, 23 febrero, 2011

Capítulo Milésimo septingentésimo septuagésimo segundo: “Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás” (William Faulkner, 1897-1962; poeta estadounidense)

Me escribe una joven y distinguida señora invitándome a tomar parte en un curioso y sólo aparentemente pueril torneo de los muchos que, cándidamente, vienen teniendo lugar en estas notas, ni más ni menos que sobre si es o no es indebido pedir un huevo frito en un buen restaurante. Y, ya llegando al fondo de tan crucial discusión, si es o no conveniente mojar pan en él.

Tema difícil si los hay, porque bordea el posible fastidio de muchos, y plantea todo un reto (sin negar que el reto es, para el hombre, una de las salidas al mar de la delicia -¡eso es poesía y lo demás fruslería!) ya que es una de esas opiniones que tanto se parecen a los culos (o al hojaldre como lo llama cariñosamente cierto conocido): cada uno tiene el suyo.

Parto de que el espectáculo de comer debía ser la mayor parte de las veces privado, sobre todo en relación de amores, pero ya entrados en materia, no sé por qué a los mismos que les parece un espectáculo grandioso contemplar en los garfios de un tenedor la carne sangrienta les parece insufrible y tremendo ver un trozo de pan manchado de yema.

Con los peligros que tienen las afirmaciones categóricas, y más cuando se hacen tan afirmativamente, a mí me parece que no mojar pan en un huevo no tiene disculpa. No saben los que se pierden.



... negativos

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1603. Miércoles, 28 abril, 2010

Capítulo Milésimo sexcentésimo tercero: “Algunas personas sólo guiñan los ojos para poder apuntar mejor” (Billy Wilder, 1906- 2002; director de cine estadounidense)

Tienen un gran valor nutritivo, son una fuente de proteínas de alto componente biológico, en ellos abundan los lípidos, y contienen una cantidad considerable de vitaminas y minerales; además resultan digestivos, versátiles, baratos y, sobre todo, fáciles, muy fáciles, de conseguir. Por eso va, otra vez, de huevos. Y como seguimos mirando de reojo la crisis y buscando el ahorro a toda costa, hoy, en peluche práctico, “cómo hacer huevos revueltos en casa sin gastar un euro".

Ingredientes: huevos (los vecinos pueden –y deben- estar para algo más que molestarte intentando subir contigo en el ascensor), agua, y alcohol de 95 (¡del vecino, del vecino!)

Instrucciones de uso: se cascan en un recipiente, se cubren con el alcohol y se revuelven hasta que quede una pasta parecida a la de los huevos revueltos tradicionales. Se deja reposar algunos minutos y se coloca la mezcla resultante en un colador. Se vierte sobre ella un buen chorro de agua caliente para eliminar el alcohol… y ya están listos para comer.

Y no es ningún truco de magia. Cualquier proceso de freír o cocinar un huevo consiste en aplicar calor para desnaturalizar sus proteínas (especialmente de la albúmina) y conseguir que los filamentos de aminoácidos que las componen se desenrollen entre sí. Al aplicar alcohol ocurre exactamente lo mismo.

De todas formas, en lo que si deberíamos de tener un poco de cuidado es en que el vecino fuera de confianza. Al fin y al cabo, nos vamos a llevar sus huevos a la boca y puede que no los tenga precisamente frescos. Aunque, como a buen hambre no hay pan duro, siempre nos quedaría ponerles sal para disimular; y en último extremo ketchup…¿quien no tiene alguna(s) bolsita(s) de cuando estuvo en el burguer? Seguro que hasta el vecino tiene.



... un peligroso campo de golf

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