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1651. Miércoles, 7 julio, 2010

Capítulo Milésimo sexcentésimo quincuagésimo primero: “El futuro no es lo que era, ahora cualquiera lo predice, Paul Valéry, 1871-1945; escritor francés)

A pesar de no ser precisamente escrupuloso, siempre me ha parecido que entrar en un retrete público no deja de tener un mucho de espíritudeaventura.

Y no lo digo ya por cuestiones de que aquello esté más o menos guarro -algo que por su propia naturaleza se le supone y por la mía hasta agradezco-, que huela a desinfectante de salas de multicines (¿o es al revés?) o que siempre lleven incorporados de serie a un señor rondando los cien años con artrosis en todas sus articulaciones menos en la de la muñeca y en la del cuello. Lo digo por las maquinitas secamanos automáticas que aparecen como setas en todos los retretes y que sustituyen a aquellos inmensos rollos de papel continuo que tanto servicio nos hicieron.

No sé yo. Por muchos controles de seguridad que pasen, por muy modernos que sean, por muy bien que le funcionen sus flamantes sensores de infrarrojos (otro tema que daría para un libro) no dejan de ser unos aparatitos eléctricos enchufados en un sitio que suele estar mojado (por varias causas y de diversos líquidos además) y en el que hay que acercar unas manos húmedas... Vamos que un descuidín de nada y te quedas más seco que la mojama..

Luego dirán que soy un guarro por secarme las manos en la camisa. Precavido diría yo.



... descendencia obligatoria

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1378. Miércoles, 1 abril, 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo septuagésimo octavo: "Mantén en falsas cercanías a los falsos amigos" (Proverbio mongol)

La expresión “tener escrúpulos de monja”, usada para definir a quienes tienen un miramiento excesivo y pueril con ciertas cosas, tiene su origen en la historia de una monja que, estando preparada para comulgar, fue hacia su confesor para preguntarle si podía recibir sin reparo la comunión teniendo en cuenta que, al pasar al lado de una compañera, había tragado sin querer humo del aceite que estaban friendo.

Y en cambio aquí nosotros, criados a los pechos de “lo que no mata engorda” intentando llevarnos a la boca todo lo que pillamos. Pero... ¡cómo no vamos a estar condenados!

Por cierto, y ya que estamos hablando de cosas de comer, resulta que no es un barco vikingo -tan inestables ellos- saliendo de una tormenta, ni tan siquiera una doble flecha pismoderna dibujada por algún artista del art-pop contemporáneo (¿porqué les habrá dado a todos por hacer museos de arte contemporáneos si sólo entras en ellos cuando te estás meando?), resulta que el logo del Carrefour no es más que una C blanca, sólo una C blanca. Un descubrimiento que me lleva directamente a plantearme una de esas grandes cuestiones que pueden cambiar una vida: ¿cómo he podido vivir todo este tiempo sin saberlo?